06 noviembre 2013

Pegados a una oficina

En otra de esas conversaciones entre amigos que alimentan de entradas este blog, ha vuelto a salir un tema ya recurrente: "las empresas siguen gestionándose en modo dinosaurio". Sí, métodos y maneras heredados de la época de la revolución industrial y que poco o nada aportan a estos tiempos.


Quizá en ámbitos eminentemente industriales esta forma de organización propia del siglo XVIII tenga sentido. Se exigen turnos, horarios rígidos y una estructura que prima la eficiencia operativa. Reducción de costes y la consideración de las personas como un mero recurso (de esto último, discrepo siempre y para todo sector).

Igualmente en determinados servicios donde se requiere de atención presencial al público como puede ser el comercio o la hostelería, también.


Pero en el ámbito de los servicios de conocimiento, donde la materia prima son los cerebros y sobre todo lo que con ellos se hace, no. Es el campo que mejor conozco porque a él me he dedicado los últimos 11 años de mi vida y espero seguir haciéndolo.


He vivido en primera persona numerosos días en los que, llamadas telefónicas a parte, el día pasaba simplemente delante de un ordenador haciendo mi trabajo: informes, redactando o revisando documentos de proyectos, realizando el seguimiento económico, planificando las actividades o revisando la planificación, etc. ¿Acaso no podría haber hecho eso mismo desde una localización diferente? 


No soy un defensor de la ausencia total de las personas de sus centros de trabajo o reunión porque creo que en ellos además de trabajar, se construyen relaciones y que en la mayor parte de los casos son la clave del éxito de los proyectos y las empresas. La hora del café, el compartir dudas, inquietudes, problemas... los empleados además de trabajadores, somos esencialmente personas. Nada sustituirá al trato humano y directo, al cara a cara. Pero la tecnología nos hace la vida infinitamente más sencilla pero hay quien no quiere entenderlo.


Como digo, tampoco creo que la inexistencia de "convivencia profesional" sea positiva. El ser humano es social. Y social en todos sus ámbitos y facetas. Y en el campo profesional, también. Además, la propia operativa de determinadas empresas hace necesaria esa interacción, pero no los cinco días laborables y durante ochos horas (en el mejor de los casos). Existen fórmulas para equilibrar la flexibilidad con el trabajo presencial. Y no reñidas con la implicación y compromiso de los empleados con la empresa y el trabajo que realizan. Eso sí, gestionar de esta manera requiere de planificación y medios y evitar el "aquí te pillo, aquí te mato", por supuesto. En ese caso, ya no sirve el funcionamiento empresarial a base de incendios y extinciones de urgencia, solamente sirve la planificación. Y para ello se necesita, fundamentalmente, ganas de hacerlo. Nada más.


Eso es precisamente lo que me entristece. Las escasas ganas que, parece, hay de querer cambiar. El cambio empieza por la personas, detrás vendrán las corporaciones como ente. Y en una empresa, el cambio ha de empezar desde arriba, desde donde se debe dar ejemplo. Cada uno en su parcela deberíamos hacer la reflexión para determinar que grado de responsabilidad tenemos. Insisto, incluidos los directivos, a menudo alejados del campo de batalla y desconocedores de la realidad que allí hay. No me cansaré de escribirlo y decirlo, las empresas son personas.


Parece, al menos desde mi experiencia y las conversaciones que mantengo con personas de mi alrededor, que el síndrome del trabajador presencial sigue estando demasiado presente. Jefes empeñados en que sus equipos calienten sillas, en tener a sus empleados con presencia física (aunque no necesariamente mental). Esa sensación muy molesta de que se valora a una persona por la horas que pasa en la oficina en vez de por su rendimiento y productividad. Porque, digo yo, si el trabajo asignado está hecho, en plazo, calidad y coste, ¿para qué calentar sillas innecesariamente?


Las empresas y quienes las dirigen deberían, de una vez, tratar a los empleados como adultos responsables y no como como niños. Sí, aunque a veces nos comportemos como tales. Pero al menos, dar el beneficio de la duda. Tal vez, se cuele algún aprovechado pero lo que defiendo porque lo pienso y porque lo he vivido es que cuando a una persona se le da libertad de movimientos, flexibilidad y autonomía, los resultados son mejores. Motivación, más ánimo, mejor autoestima, mejor ambiente y más felicidad. Todo ventajas. Caraduras, jetas, escaqueados y fauna variada la hay en todos los lugares. Habrá que saberlos detectar y actuar en consecuencia. 


Hoy tocaba una entrada filosófica porque hacía mucho tiempo desde la última. Ojalá algún día y espero que más pronto que tarde, consigamos cambiar esa mentalidad tan absurda como inútil.

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